
» Pues sepa vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí me llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nascimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre».
La primera edición del «Lazarillo del Tormes» se publicó a mediados del siglo XVI, siendo todavía desconocido su autor, aunque algunos atribuyen su autoría a Diego Hurtado de Mendoza. Se enmarca esta obra dentro de la novela picaresca, producto genuino de la literatura española del siglo del oro. Se limitaba a narrar las vivencias de un personaje más que despreciable, cuyas únicas aventuras fueron hacer sufrir a un ciego, burlarse de un clérigo, servir a un escudero y pasar hambre con todos.
Dicho lo anterior, ahora lo llevaremos a nuestro campo, que no es otro que el del queso. Nos leímos esta obra, para saber si el Lazarillo tuvo algo de fortuna y pudo probar el queso del siglo XVI. Comprobamos que no. A lo más que llegó es a idealizarlo sobre la mesa.
«Y en toda la casa no había ninguna cosa de comer, como suelen estar en otras, algún tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla, o en el armario algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran».
Es sirviendo a un clérigo, cuando Lazarillo, a pesar de seguir pasando hambre, idea una forma ingeniosa para abrir el arca de su amo y comer lo que encuentra. Pero la dicha no dura para siempre.
Luego buscó prestada una ratonera el clérigo, y con cortezas de queso que a los vecinos pedía, contino el gato estaba armado dentro del arca. Lo cual era para mí singular auxilio, porque, puesto caso que yo no había menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas de queso que de la ratonera sacaba. Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que lo comía, dábase al diablo, preguntaba a los vecinos qué podría ser comer el queso y sacarlo de la ratonera.
Dado lo que pasó con Lazarillo, yo no lo dudaría, y me iría a comprar un buen queso.




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